Máxima
tensión, incertidumbre, expectativa, curiosidad. Todo se mezclaba en un aire
complejo en dónde el impacto de una situación real se embarra en la composición
de un show de tv. Sólo hay un canal que logra eso. Por supuesto, tiene que ser periodístico.
El periodismo se desarrolló a lo largo de la historia de una manera casi
imperceptible, acostumbrándonos de a poco para que la digestión sea lenta cosa
que después no entendamos porque cargamos con semejante malestar estomacal y
posterior diarrea. Algunos hasta sostienen que no fue la medicina sino el
propio periodismo el que inventó la pastillita de carbón. No utilizo la palabra
“evolución” en referencia al periodismo porque todavía creo en fantasmas y
tengo miedo que Darwin aparezca para re cagarme a trompadas. O me asuste, o
capaz busque una manera para que me arrepienta de utilizar un término que
introdujo con mucho estudio para describir un “avance” en el propio desarrollo
humano. Aunque estoy seguro que si hoy lo revivimos y le organizamos un city
tour, muy posiblemente corrija sus teorías. Pero en cuánto al show, perdón… en
cuánto a la nota periodística, son esos momentos en que tanto el tipo que
sostiene la cámara como el que sostiene el micrófono relatando la situación
escupiendo sobre el mismo cada vez que pronuncia una “T” o un “P” y hasta el
tipo que maneja el móvil importándole una verga si la nota mide o no, todos
ellos saben que están siendo testigos de un momento que será histórico. Saben
que eso que están transmitiendo y relatando cual partido del ascenso con más
patadas a las rodillas que a la pelota será en unos años parte de los virales y
archivos que quedarán para siempre en páginas como You Tube y que el ciudadano
promedio quizás en una noche de embole, con porro de por medio (¿o con un
whiskicito?), repasará una y otra vez. Y seguramente algún ingenioso lo
convertirá en meme. Muy posiblemente.
La
situación: un ex policía acusado de delitos de lesa humanidad (y no me refiero
a ponerle ananá a la pizza) sentado en una silla en algún lugar del campo, con
un arma en la mano amenazando con dispararse en la cara. El cronista con el
micrófono dándole relato a la situación a pocos metros de él, su camarógrafo, el productor detrás de cámara, el móvil y un puñado de vecinos de la zona casi como si fuesen extras
preparados para la situación. Uno de ellos tomando mate. El canal de noticias
desde su estudio siguiendo el paso a paso, el periodista del piso pidiéndole el
minuto a minuto al cronista desde el móvil. Ya hace casi una hora de la
situación.
- Señor, ¿se
va a disparar?- pregunta el cronista del móvil al ex policía que sostiene el
arma apuntado a su cabeza. Muy posiblemente tanteando la situación para avisar
si hay tiempo para ir a una tanda o mejor esperamos un ratito más.
El
protagonista de la situación mira a los ojos al cronista y le hace una leve
seña afirmando con la cabeza.
- Confirmo-
dice el cronista a sus compañeros de piso. Inmediatamente, aparece una placa en
la pantalla de la tv sobre la imagen para todos los espectadores: EN INSTANTES
SE PEGA EL BALAZO. Entre líneas era un “quédate, bancá un toque”. Casi como un “ya
se que estamos esperando hace bocha, pero se va a dar”.
Y fue en ese
momento, dónde el protagonista levanta la mirada hacia la cámara, el cronista
del móvil estornuda y pide perdón por ensuciar el momento con el sonido.
- Salud- se escucha decir en la transmisión al
cronista desde el piso. Sigue habiendo compañerismo.
- Quiero
pedirle perdón a mi madre, a mi familia- dice el ex policía- sé que no es la mejor
decisión- hizo una pausa. El cronista del móvil, un hombre de unos 36 años, recordó
un momento de Los Simpsons. “Ya comete la maldita naranja”. Se río por dentro.
El hombre levanta el arma apuntando a su sien. Y gatilla.
SPLASH
Un chorro de
agua rebota en la sien. El cronista del móvil, el del piso, el camarógrafo, el productor, el hombre que maneja el móvil, los espectadores, nadie entendió en un primer momento que
estaba pasando.
- Me
equivoqué de arma, agarré la pistola de agua. Que boludo.
Había una
placa ya escrita esperando para salir, “SE PEGÓ EL BALAZO”. Nunca salió.
Desde el
piso inmediatamente cortaron la transmisión en vivo. Maldijeron la situación,
al falso suicida y fueron a una tanda. No se vaya, a la vuelta tenemos el
sorteo de la lotería, esta semana podría ser de usted.
En el móvil,
el cronista con el micrófono en la mano, casi como el ramo de flores que
llevaste con toda confianza de que iba a ser bien recibido y te lo hicieron
meter en el ojete, miró un minuto la situación como analizando lo que había
acabado de pasar. Sacó su teléfono celular, marcó un número.
- ¿Todavía
está el fiambre de la señora sobre las vías del tren que acaban de arrollar?
Ah, genial, vamos para allá- y en 5 minutos ya no había cronista, cámara, móvil,
ni los vecinos de la zona. Solamente quedó el que no paraba de tomar mate. La
escena final era sólo un hombre sentado en una silla con una pistola de agua en
la mano, frustrado. El espectador que seguía tomando mate, con un perro al lado
que posteriormente se acerca al falso suicida y empieza a montarlo en una
pierna.
“¿Pero al
final fue a buscar el arma verdadera y se pegó el corchazo?” Ya no importa.
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